Impresión de la llagas de Francisco de Asís


PRESENTACION

Celebramos hoy el recuerdo de la impresión de las llagas de Francisco. Era la madrugada del 14 de Septiembre de 1224, fiesta de la Exaltación de la Cruz, cuando Francisco oraba en su corazón:
“Oh Señor Jesús, te pido que me concedas lo que sigue antes de que muera: en primer lugar, sentir en mi corazón y en mi cuerpo -cuanto sea posible- el dolor que tú, Jesús, soportaste en la hora de tu pasión; en segundo lugar, sentir en mi corazón -cuanto sea posible- aquel amor del cual tú, Hijo de Dios, estabas lleno hasta soportar gustoso una pasión tan grande por nosotros pecadores”.

Francisco se había retirado con su hermano y amigo León al monte Alverna. Se sentía agotado, enfermo, y en el fondo preocupado y dolido por la marcha de la Orden. No gozaba del apoyo de todos sus hermanos. Pidió la renuncia para dirigir la Orden. Pero encontraría formas de ejercer su autoridad: defender la Regla contra las amenazas que podían desvirtuar aquello que dice el Testamento 14-15:

“El Altísimo me reveló que debía vivir según la vida del santo evangelio”. Y ser el ejemplo de vida: “hasta el día de mi muerte no cesaré de enseñar con mi ejemplo y mi vida cómo han de marchar los hermanos por el camino que el Señor me mostró”

Allí en Alverna, en Septiembre de 1224, tuvo lugar en él una experiencia que le dejó marcado para el resto de su vida, una experiencia que Francisco no divulgó y sobre la que impuso un silencio total a sus compañeros más allegados; por lo tanto, no se puede afirmar más que la constatación de la realidad de los estigmas.

Aparte de las interpretaciones que se puedan hacer, vale la pena insistir en su proceso de fe. Los estigmas no fueron un fenómeno aislado del resto de su vida. Las llagas del Crucificado comenzaron a imprimirse en su corazón al inicio de su conversión: El encuentro con el leproso, la experiencia ante el Cristo de San Damián, la ruptura con su padre, el nacimiento de la fraternidad cuando se consolidó en Orden con sus luchas internas, su soledad que le llevó al monte Alverna.

Jesús no fue para él una teoría; fue una persona, sentía que lo iba cogiendo por dentro: “Su vivir era Cristo”. Jesús estaba en sus labios, en su mente, en su corazón (LM 9,2).

Lo que Francisco experimentó en el monte Alverna no fue sino la culminación de un proceso que tuvo su inicio hacía años. Llama la atención la sencillez y el ocultamiento con que vivió su experiencia.

Francisco estaba con su hermano León, cuando había sucedido lo increíble y lo indecible. Se olvidó de sí para prestarle atención y cariño a su hermano León que lo venía observando, hacía tiempo, triste y preocupado.

Francisco le dijo: “Tráeme papel y tinta, porque quiero escribirte unas palabras del Señor y sus alabanzas que he meditado en mi corazón”. Y después de haberlas escrito le dijo: “Toma para ti este pliego y consérvalo hasta el día de tu muerte” (2C 49). Francisco animaba a su hermano no reprendiéndole sino alabando a Dios: “Tú eres el santo, Señor Dios único, el que haces maravillas. Tú eres el fuerte, tú eres grande, tú eres el altísimo. Tú eres trino y uno; tú, Padre Santo; tú eres seguridad, quietud, gozo, hermosura, mansedumbre, protector...” (ALD 1-6).

Francisco continuó sosteniendo en la tentación a su hermano: “Hermano León, tu hermano Francisco: salud y paz. Te hablo como una madre. Te aconsejo abreviadamente todas las cosas que hemos dicho en el camino... mi consejo es éste: compórtate, con la bendición de Dios y mi obediencia, como mejor te parezca que agradas a Dios y sigue las huellas y pobreza de Jesús (CtaL 1-4).

Francisco había vivido hacía poco una experiencia desbordante de su Dios que lo era todo (los estigmas) y por eso cantaba feliz (ALD). Francisco respondía con su alegría al desaliento del hermano León.

Alverna fue el final de una experiencia anterior en Greccio el año 1223: allí celebró la fiesta de la Navidad para revivir la encarnación, la humanidad de Jesús (1C 85).

Francisco identificó a Cristo que le marcó (Alverna) con aquel Jesús pobre en su nacimiento. Desde el belén a los estigmas, todas las experiencias por las que pasó fueron un camino de seguimiento y encuentro con el Cristo crucificado. Alverna fue el signo de un Amor que lo desbordó.

Francisco es una llamada a iniciar, proseguir, trabajar y profundizar en un camino de seguimiento.

Nuestra respuesta quizá nunca llegará a ser semejante a la suya. Sin embargo, la invitación es la misma para él que para nosotros. Es la urgencia a seguir a un Jesús que se hizo hombre, pobre y entregado. Es un imperativo para nosotros.

• Se nos invita a hacer este camino.
• Se nos urge también a ofrecer una respuesta.
• ¿Cómo la estás dando?

 

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